#historiasporlaigualdad

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 Cuando Marta tenía seis años, le hablaron de la palabra “igualdad” en el cole. La profe contó una historia sobre un mundo en el que todo el mundo era igual, en el que no existían las fronteras ni las diferencias, y todos debían tener las mismas oportunidades.

Cuando Marta tenía trece años, le dieron aquella bofetada que le rompió el labio. Le dijeron que era por la igualdad. Que si tanto querían las mujeres ser como los hombres, tenían que aceptar que las pegaran. “Es lo que hacemos los tíos entre nosotros”.

Cuando Marta tenía quince años, se echó a llorar en el baño de su instituto. Le habían llamado puta, y no entendía muy bien por qué.

Cuando Marta tenía dieciocho años, tuvo que aguantar durante meses a un grupo de chicos que le gritaban cosas terribles mientras caminaba cabizbaja por los pasillos. Si alguien los confrontaba, decían que daba igual, que ellos no se molestaban cuando una chica guapa los piropeaba por la calle.

Cuando Marta tenía veinticinco años, conoció al hombre de sus sueños. Era un chico de buena familia, sonriente con todo el mundo, que le regaló alguno de los mejores años de su vida. Aquel chico dijo miles de veces que creía en la igualdad, que era importante seguir luchando por las mujeres. Y Marta estaba de acuerdo.

Cuando Marta tenía veintiséis años, el hombre de sus sueños empezó a cambiar. Seguía sonriendo a todo el mundo, y encontraba palabras amables para todos (menos para ella, claro).

Cuando Marta tenía veintiocho años, las cosas empezaron a cambiar. El chico que creía en la igualdad empezó a decirle cosas feas, que no valía para nada y que de qué servía ella sin él.

Cuando Marta tenía veintinueve años, el chico que creía en la igualdad le tiró del pelo, le dio bofetadas y patadas hasta dejarla inconsciente. Cuando se despertó, le dijo que era porque la quería, y Marta estaba convencida de que era así.

Cuando Marta tenía treintaiún años, pasó dos noches en el hospital. Ya no colaba la mentira de que se había caído por las escaleras, y los moratones no se escondían ni con tres capas de maquillaje. Marta tuvo que decir la verdad.

Cuando Marta tenía treinta y dos años, puso una denuncia.

Cuando Marta tenía treinta y cuatro años, empezó a rehacer su vida. El chico que creía en la igualdad ya no existía, y había encontrado un nuevo trabajo. Marta podía respirar de nuevo.

Cuando Marta tenía treinta y siete años, fue asesinada. Los medios de comunicación dijeron que “fue hallada muerta” y hablaban del chico que creía en la igualdad como el “presunto asesino”. Marta fue enterrada al poco tiempo.


Cuando el chico que creía en la igualdad fue a la cárcel, no se sentía mal. Le cayeron cinco años de condena, y sabía que probablemente saldría antes. “Esa puta se lo merecía”.

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